El rito visigótico (o quizá la cerveza)

Ayer, en el Museo Arqueológico Nacional, eran los muertos los que, en primera persona y en latín, expresaban sus deseos de reunirse con el Señor (no creo que olvide fácilmente el canto en el que el difunto afirmaba que su padre había sido su tumba y su madre y su hermana los gusanos), aunque otras veces daba la sensación de que no tenían demasiadas ganas de abandonar la tierra que habitamos. El rito visigótico se practicó en los territorios hispánicos entre los siglos VI y XI; Juan Carlos Asensio, director de la Schola Antiqua, se detenía en la dureza de los textos de estas liturgias en la introducción a Ritos y Músicas en la antigua iglesia de Hispania: el canto visigótico-mozárabe, una de las actividades que el Arqueológico había organizado dentro de la Noche de los Museos.

Tengo que reconocer que el título de la actividad no me sugería demasiado para un sábado por la tarde, que si acepté a última hora la invitación de mi amigo Ceferino fue porque ya llevaba todo el día fuera de casa y porque la página del Museo aseguraba que el concierto duraría solo una hora. Al bajar una escalera que hay en el vestíbulo a la busca de Cefe me trasladé a tiempos pretéritos antes de lo esperado: allí estaba haciendo cola Manolo, el portero de la casa en la que viví hace unos años. Pero pronto las voces de los miembros de la Schola Antiqua convirtieron el salón de actos en un templo de la España visigótica o, quizá, en un cortejo fúnebre: entre antífonas, oraciones y responsorios, las explicaciones de Asensio lograban que compartiésemos algo más su entusiasmo por estas formas litúrgicas tan solemnes; además de la belleza de las imágenes de los códices que se proyectaban en la pantalla, me gustó mucho la explicación de por qué es posible interpretar algunas piezas del Gradual de Gaillac y de los Liber Ordinum de San Millán y de Silos a pesar de la notación in campo aperto (en la que se da por supuesto que el intérprete conoce de memoria la melodía y solo recoge indicaciones para interpretarla).

Aunque durante el concierto tan solo me dejé arrastrar por las voces, más tarde, tomando una cerveza, le contaba a Cefe acerca de Manolo y de la época en la que mi hermano y yo compartimos piso en San Francisco de Sales, sé que se me pasó por la cabeza en qué me parezco al estudiante de entonces. Lo curioso es que ya de vuelta a casa, en el taxi, me cuestioné si era una persona espiritual; recuerdo que pensé algo de la separación entre cuerpo y alma que me gustaría haber apuntado. No sé si achacarlo al rito visigótico o a la cerveza.

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