El idioma de los argentinos

Aquel día, no mucho después de conocernos, Agustín y yo nos propusimos volver a leer como hacíamos de chiquitos. Regresábamos del laburo y nos juntamos para tomar algo en un bar que hay a dos cuadras de mi casa. Recuerdo que mi amigo sacó un cuaderno en que recopilaba argumentos para textos que, seguramente, jamás llegará a escribir. Además de leer todo lo que deberíamos, acordamos que escribiríamos juntos una revisión de Fausto de la que he olvidado el matiz que la haría única. Ya en la Biblioteca Pública Manuel Alvar, Agustín escogió las Obras completas de Borges recopiladas en un solo tomo, yo, algo más realista, me decanté por un libro muy flaco del mismo autor: El idioma de los argentinos.

Ayer por la tarde, el domingo, bajé a un café a intentar terminarme a tiempo el próximo libro del club de lectura Casa de fieras, El nervio óptico, de la autora argentina María Gainza. La protagonista del relato se estaba calzando los anteojos mientras manejaba el auto cuando me llegó un WhatsApp: ¿Qué hacés, Pit? Poco después, Agustín y yo dábamos una vuelta por El Retiro que a mí me trasladó a los tiempos de Iberia, a la finca de La Muñoza, a cuando después de comer recorríamos el perímetro del recinto tratando de facilitar la digestión y hacer la tarde algo más llevadera. La llegada de Agustín a la compañía se solapó, en menor o mayor medida, con la salida de personas que siguen siendo importantes para mí, pero lo cierto es que no tardé en disfrutar de aquellos paseos: conversaciones sobre futbolistas olvidados (el Colorado Lussenhoff), grupos de rock, obras literarias y un sentido del humor algo peculiar (es una joda): hablábamos el mismo idioma.

El sábado por la mañana me pasé por casa de Agus a recoger unos libros que no le caben en las valijas que se va a llevar a Ginebra, mi amigo va a estar trabajando fuera de Madrid al menos hasta enero. Recordamos aquella vez que me acompañó a la cancha del Getafe (en aquella ocasión sí ganó el Sevilla), cuando fuimos a Buitrago de Lozoya a un concierto de Elliott Murphy, el programa de radio en que Alejandro Dolina hablaba de Lord Byron o el debut ficticio de Eber Ludüeña contra el Dínamo de Kiev; entre los libros que metimos en el maletero estaba el tomo de Borges. Me acordé entonces de que ni siquiera llegué a leerme El idioma de los argentinos, aunque sé que Borges no va a conseguir que este título signifique algo distinto ni mejor de lo que ha supuesto para mí estos últimos años.

Categorías: Etiquetas: , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s