En la encrucijada

I went down to the crossroads, fell down on my knees. Down to the crossroads, fell down on my knees. Asked the Lord above for mercy, “Save me if you please” .

Llego a casa y le digo al altavoz, a Alexa, que me ponga algo de Robert Johnson. Quiero viajar a una plantación del Delta del Mississippi, vivir algo parecido a lo que experimentaron los que asistieron, en 1938, al Carnegie Hall a ver From Spirituals To Swim: un espectáculo con el que el legendario John Hammond Sr. (descubridor, entre otros, de Dylan, Cohen o Springsteen) pretendía sumergirse en la historia de la música afroamericana: góspel, blues y jazz. Hammond quería contar con Robert Johnson, el músico del que se decía que había adquirido su inigualable talento tras arrodillarse una noche en una encrucijada ofreciendo su guitarra al diablo; cuando éste se la devolvió afinada a cambio de su alma, Robert se convirtió de inmediato en el mejor guitarrista del mundo. Sin embargo, Hammond llegaba seis meses tarde: Johnson había muerto envenenado tras varios días de agonía (probablemente por el marido de su amante) y a los espectadores de From Spirituals To Swim solo les quedó caer rendidos ante la reproducción de una de las veintinueve grabaciones que existen del rey del blues.

Vengo de ver la versión de Carlos Saura de El coronel no tiene quien le escriba en el teatro Infanta Isabel. Cuando se apagaron las luces de la sala e Imanol Arias, el coronel, se sentó en la mecedora, empecé a recordar qué sentí al leer un libro de García Márquez del que creía haber olvidado todo excepto el efecto que el hambre y las lluvias causaban en las tripas del protagonista. El hambre y la miseria, el dolor por la muerte de un hijo, sitúan al coronel y a su mujer, cuánto se quieren, en una encrucijada; la única salida parece ser vender al compadre Sabas el gallo del hijo fallecido, un animal cargado de significado que parece alimentarse de carne humana. Pero la dignidad no se puede comer; deciden morir aguardando la pensión del coronel, el pago de la lucha por la libertad y los derechos de los demás que, al menos en el pueblo donde se centra la acción, se han convertido en censura y represión.

Sigue sonando el blues de la encrucijada. La letra, tan sencilla en apariencia, parece que alude a la vuelta del músico al lugar del pacto con el Más Allá, pide misericordia al Señor de los Cielos para que le ayude a escapar del pozo en que se encuentra sumido. Lo que sí que parece ser cierto es que Johnson, un bluesman mediocre tirando a malo despreciado por sus maestros (y que poco antes había perdido a su mujer y a su bebé en un parto fatal), desapareció de los tugurios del Delta que frecuentaba para regresar, apenas un año después, convertido en un talento inconmensurable. Algunos compañeros de fatigas afirmaban que a Johnson solo le importaban el whiskey y las mujeres. Para otros era un buscador de la libertad del alma con una vida en la que las tragedias se sucedían y que añoraba una cotidianeidad que no conoció. Es ya tarde. Me estoy quedando dormido. Suena Me And The Devil Blues, tan tremenda. Estoy en la plantación de Dockery, en un cruce de caminos. Me arrodillo. El gallo no se vende, carajo. El gallo no se vende, pienso.

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