¡Qué sed y qué hambre!

Camino al metro, hablábamos con Santiago de cuánto nos gustaría saber más acerca de aquello que desconocemos en mayor medida. A Eduardo, periodista especializado en cine, a raíz del artículo del divulgador científico Jorge Wagensberg que habíamos leído un rato antes en la tertulia, le gustaría haber estudiado algo más de Física para acercarse a los postulados de la Teoría Cuántica; yo les conté cómo ayer, en el auditorio del Museo Reina Sofía, a pesar de haber disfrutado de la música del Cuarteto de Leipzig, me planteaba si habría sido capaz de distinguir aquella interpretación de otra de menor categoría; reconozco ahora que en pleno concierto hice una pequeña lista mental de libros que conozco y que me vendrían bien para estar algo más puesto en temas que me interesan: el libro de Teoría de la Literatura de Antonio Garrido, la entrevista de Truffaut a Hitchcock que no me terminé, una Historia de la Filosofía que creo que tiene Savater, un libro que me regaló el tío Miguel en que Alex Ross explica qué hay que escuchar y por qué…

Como decía, volvíamos de la tertulia de Justo en el Café Gijón, solo que esta vez era Santiago con el que teníamos que firmar el pacto de ficción al descender a la cripta. Santiago quería hablarnos de aforismos, para él un constructo análogo a los generados en la nueva era digital, solo que despojado de la banalidad y poca perdurabilidad de las nuevas unidades básicas de información cultural conocidas como memes (ésas que para Manuel Vincent se expanden como un virus por réplica y acumulación generando religiones, nacionalismos, bandos, patrias, fobias y filias; nuevas realidades ajenas al conocimiento científico y empírico). Repasando lo que para el escritor balear Cristóbal Serra es un aforismo, nos encontramos definiciones hermosas como poesía que de líquida pasa a sólida; pedruscos que a veces, sin pretenderlo, se convierten en perlas o monolitos; otros parecen escritos solo para ser lanzados con cierta mala leche. Pudimos cada uno elegir con qué aforismos de los contenidos en las fotocopias que trajo Santiago nos quedábamos: Bergamín, Da Vinci, Swift, Heráclito, Ramón Llull, Nietzsche… Yo, supongo que tira la patria chica, escogí El poema debe ser como la estrella, que es un mundo y parece un diamante, de Juan Ramón Jiménez.

Para terminar, Santiago nos leyó un artículo en que Vila-Matas defiende la inspiración, ese deslumbramiento repentino del que yo desconfío un poco. La discusión derivó en cuánto hay de innato y cuánto de trabajo en una gran obra literaria. Creo que esta pregunta carece de respuesta única: la combinación perfecta es aquélla, a mi entender, que mejor se adapta al carácter y a las cualidades de un escritor concreto; si se indaga, encontramos toda clase de procesos creativos igualmente válidos (y, seguramente, todo esto sea extrapolable a cualquier otra actividad a la que dediquemos nuestros esfuerzos: desde la alta cocina al fútbol). En la tertulia mi ejemplo del fútbol desvió bastante la conversación (decía el escritor norteamericano Richard Ford que su país es el campeón del mundo en ser incapaz de apreciar una cosa sin despreciar otra; el nuestro debió perder la final en los penaltis contra los Estados Unidos). Mientras tanto yo me planteaba cuál es el trabajo de un escritor; quizá corregir, vivir, observar, sentir, leer todo y bien, conocer otras artes… Me vi otra vez un día antes en el auditorio del Reina Sofía, pero estaba todavía en la tertulia. Me fijé entonces en este aforismo de Juan Ramón que venía en las fotocopias: Lo que ignoro me da, como lo material, hambre y sed. ¡Qué sed y qué hambre!

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