Amistad de juventud

Al enterarme de que los Toronto Raptors le están disputando este año el Anillo de la NBA a los Warriors de la Bahía de San Francisco (dejé de seguir el baloncesto norteamericano años atrás) me acordé de una camiseta morada con el 15 de Vince Carter que aún debe andar por algún cajón de la casa de Moguer. Sin embargo, no ha sido hasta esta tarde, cuando he leído el relato de Andrea Barrett La carta de Mendel, cuando me he decidido a escribir acerca de nuestra (de mi hermano y mía) relación con Canadá: un territorio lejano e inmenso del que conocíamos ríos, provincias y ciudades; el país en que nacieron algunos de los artistas y deportistas que entonces admirábamos y en el que suceden la mayor parte de las historias de Alice Munro, la escritora de 87 años de la que me he acordado al leer el primer relato del libro de Barrett La fiebre negra.

Por dispares que puedan parecer los hechos, algo similar me sucedió cuando en 2013 le concedieron el Premio Nobel a Munro. Regresé entonces a los tiempos en los que me alegraba de las victorias del golfista canadiense Mike Weir o de los éxitos del jugador de baloncesto Steve Nash, aunque quizá no todo fuese tan trivial: gracias a esta inclinación inexplicable conocí la música de Leonard Cohen, Neil Young y The Tragically Hip y viajé muy joven (entonces no era tan común) al otro lado del Atlántico. Pero no se puede hablar de La carta de Mendel sin imaginarse el muro y la torre del reloj de un monasterio de Brno en el siglo XIX: los jardines y las colmenas, las gafas de Mendel y los pies desnudos del abuelo de la narradora.

De Munro he leído la colección de relatos recopilada bajo el título Amistad de juventud. Se ha dicho que Munro escribe solo sobre gente corriente; «no son personas vulgares para mí. No pueden serlo cuando tienen deseos tan poderosos y hacen a veces cosas tan extraordinarias», dice la autora cuando se le pregunta por sus personajes. Ya no me acuerdo de ninguna historia de Amistad de juventud, quizá si me esfuerzo podría rescatar alguna escena concreta. De la escritura, lisa y llana, diría que me fascina el talento de Munro para finalizar historias, para ocultar o retrasar la aparición del hecho principal, para abarcar una vida entera en veinte o treinta páginas (todo esto me ha parecido que estaba también presente en La carta de Mendel). Del viaje a Canadá, a Markham, además de con unas cuantas anécdotas, me quedo con la ilusión con la que fui, con las ganas de conocer, pero también he visto los muros de la Abadía de Santo Tomás de Brno. Tenía diecisiete años y estaba en la República Checa de intercambio con un instituto bilingüe checo-español. Conocía al resto de estudiantes españoles excepto a Willy: un chico de San Juan del Puerto, el pueblo de al lado, con el que congenié enseguida. Al año siguiente, en segundo de Bachillerato, Willy dejó los estudios y, poco después, murió en un accidente laboral. Llevaba tiempo sin hablar en público de una historia que nos encantaba contar juntos: cuando fuimos a Bratislava y a la vuelta nos bajamos los dos del tren en un apeadero de un pueblo eslovaco cercano a la frontera con Chequia a buscar un bar para ver un partido de fútbol de la selección española. También intenté hace unos años escribir un post sobre mi amigo. No fui capaz.

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