Western Stars y el territorio de la mítica americana

Caigo en la cuenta de que Western Stars, el nuevo álbum de Bruce Springsteen, tiene que estar ya en Spotify, me pongo los auriculares y enseguida siento necesidad de escribir (aunque no sepa muy bien acerca de qué). Apenas he escuchado las tres primeras canciones (Hitch Hikin’, The Wayfarer y Tucson Train), ni siquiera he tenido tiempo de explorar los textos, y ya se extienden ante mí vastos escenarios naturales, imagino personajes que se mueven con total libertad por lugares del suroeste de los Estados Unidos que me son tan lejanos como queridos: es este territorio que solo conozco a través de películas, canciones, libros y cuadros el lugar al que decidí llevarme la acción de los relatos de Cortos americanos. Ayer leí en la edición digital de The Wall Street Journal acerca de la casi total (excepto en la canción titulada Western Stars, en la que un actor que trabajó con John Wayne se prepara para aparecer en un anuncio de Viagra) ausencia de referencias temporales más o menos recientes en las letras del álbum, recuerdo que la deslocalización temporal fue de las pocas normas que me puse a la hora de escribir Cortos americanos.

El otro día me pregunté qué podría sucederles a los personajes de Cortos americanos si me los trajese al siglo XXI, cómo podrían haberles afectado las escenas concretas a las que hasta el momento siguen atados. En un primer simulacro, la hija del protagonista de La gasolinera parece estar atrapada en un callejón sin salida muy parecido al de su padre, pero no está sola: el chico de Un tipo extraño ha dejado todo por ella:

La gasolinera sigue estando en el desvío de la carretera 83 hacia el lago Weeds. Wendy y Ted viven juntos en la casita de ladrillo que construyó el padre de Wendy donde antes estaba el cobertizo de Nelson. El negocio va bien desde que el lago Weeds se puso de moda, desde que unos chicos de Mobile montaron el centro de deportes de aventura. A partir de la instalación de los surtidores automáticos no hay demasiado que hacer aquí. Ted lleva las cuentas y resuelve pasatiempos japoneses (el Kenken es su favorito, aunque ya también le aburre un poco). Cuando no está atendiendo la caja, Wendy juega al Candy Crush o al juego de Facebook al que ahora juegue la gente. A ninguno de los dos le gusta demasiado hablar con los que paran a repostar. A veces Wendy sale de la caseta prefabricada en la que están la caja de cobrar y el escritorio de Ted. Mira el cartel de prohibido fumar que pintó Nelson medio siglo atrás, pero se aleja un poco. Piensa en su padre. Enciende un Camel.

Es tarde. Wendy se mete en la cama. Cómo es posible que lleve más de media hora hablando con Mamá y hayamos colgado sin decirnos nada, se pregunta. Al sentir a su mujer, a Ted le viene a la cabeza, lo hace casi cada noche, cuando decidió dejar de verse con su único amigo Rupert. Poco después empezó a dar clase de Física en el Instituto. Se acostó con aquella alumna a la que tan mal se le daban los números. No les quedó otra que refugiarse en la gasolinera de Joe, el padre de Wendy. Ted pregunta si apagan ya la luz, aunque sabe que esta noche ella se va a quedar leyendo hasta terminar la última novela negra de John Banville. Ted cierra los ojos. Le va a costar dormirse. Da las gracias porque todo haya sucedido así.    

Me leo otra vez el texto de la nueva versión de La gasolinera y me convenzo de que hay algo que no acaba de gustarme. Pongo Western Stars desde el principio, me doy cuenta de cómo las canciones parecen dialogar entre ellas a pesar de contar historias independientes, me planteo si toda esta iconografía que tan bien define el estilo de vida americano y que convierte esta zona del país en un territorio mítico tiene algún valor cuando deja de simbolizar la resistencia al avance inexorable del mundo moderno. Me encanta cómo canta Springsteen en Sundown. Pienso entonces que a lo mejor estaría bien dotar de movimiento (que la vida en el camino aparezca como modo de existencia alternativo a lo establecido) a alguno de mis relatos; me voy quedando dormido tratando de dar con una historia para una novela (o una película) para la que las trece canciones de Western Stars pudiesen funcionar como banda sonora.

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