Palabras (entre las líneas del tiempo)

Es sábado 13 de julio de 2019. Estoy tumbado despreocupadamente sobre la hierba artificial que cubre el recinto del festival de música Mad Cool. No hace excesivo calor. Suena el post-rock de Mogwai. Abro los ojos, las luces de colores dan un aspecto extraño al cielo, me gusta. A mi alrededor, los que pasan por aquí, vendrán de cualquier parte del mundo, muchos de ellos muy jóvenes vestidos y tatuados de una manera que a los que nacimos en las últimas décadas del siglo pasado nos podrían hacer pensar en la serie animada Futurama, evitan pisarme o tirarme encima la cerveza. Ayer estuve en Londres, en Hyde Park, en otro festival, el British Summer Time, en el que Bob Dylan compartía cartel con Neil Young. Y como al directo de Mogwai le faltan palabras, las busco en mi cabeza.

Neil Young llevaba ayer una camiseta negra con un corazón (el músculo) estampado, encima una de sus camisas de cuadros. Sobre el escenario de Hyde Park suena Old Man. Soy consciente de que ya no tengo los veinticuatro años del narrador de esta canción: «viejo, mira mi vida: me parezco mucho al que fuiste», canta Young; recuerdo que, poco antes, en Winterlong, pensé en que quizá estaría bien encontrar a alguien que pareciera ser el lugar al que pertenezco. En el repertorio de Neil Young caben letras complejas y evocadoras, ayer, además de Words (Between The Lines Of Age), escuché Like A Hurricane. Pero fue un texto en apariencia más sencillo, el de From Hank To Hendrix, el que hizo que me pusiese algo introspectivo, el que me recordó que yo tampoco creí nunca en demasiadas cosas. Love And Only Love me sacó de mí mismo (bien es cierto que antes habían interpretado una estupenda versión de Throw Your Hatred Down, una canción del álbum Mirror Ball que me gustaba escuchar años atrás, cuando iba andando a la Universidad), me sentí bien cantando junto a mi hermano aquello de «el odio es todo lo que piensas que es».

Pero es difícil hablar de palabras y música sin referirse a Bob Dylan. Caía ya la noche sobre Londres cuando se sentó Dylan al piano, instrumento que solo abandonaría para cantar de pie Can’t Wait. Las canciones de siempre, con arreglos que muchas veces las hacían difíciles de identificar en un principio, se intercalaban con no demasiada frecuencia entre temas de Time Out Of Mind, Modern Times y Tempest, tampoco estaba dispuesto anoche a hacer concesiones. A veces se me hacía difícil seguir del todo las letras, pero es hermoso sentir cómo fluyen las palabras, escuchar a Bob Dylan contar historias como la de la chica del North Country… Aunque ahora estoy en Madrid, en un espectáculo instrumental (o casi), en unos minutos empieza el concierto de The Cure y me viene a la cabeza un reportaje de la MTV que vi de adolescente en que Robert Smith, el líder de la formación británica, explicaba cómo se inspiró en distinta gente de su pueblo (los pelos de tal persona o el maquillaje de aquella otra) para definir su apariencia característica. Me levanto del suelo; a ver qué tiene The Cure que decir esta noche: para Dylan no se trata de encontrarse a uno mismo, sino de inventarse.

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