Olimpiadas

Tengo la frente húmeda. Al menos estoy cómodo aquí sentado, no sé cómo aguantan los atletas allá abajo. Demasiado calor. Mi hijo me pregunta si estoy bien. Sí, un poco mareado, pero creo que ya se me pasa. Necesito beber agua. Y ya soy viejo. Antes decía que no había diferencia entre la vida y la muerte, ahora que ésta me acecha no estoy tan seguro. Tendría que haberme casado, pero Diana se burló tanto de mí cuando le conté que había caído a un pozo, casi tanto como la campesina que me ayudó a salir. Siempre mirando las estrellas y no ve la tierra que pisa. No veré la tierra que piso, pero: ¿a quién se le ocurrió desviar el río? ¿quién predijo…? Sí, papá, me has contado muchas veces lo de las aceitunas. La humedad. El sol me derrite los sesos. ¿Cuánto queda para que nos alcance la sombra? A ver, si en el tiempo que llevamos aquí el sol se ha desplazado. Y una cuarta parte del anfiteatro. Por suerte empieza a llover con fuerza. Me encantan las tormentas de verano. Todo es agua. El anfiteatro se pone en pie, parece tener alma. Mi cuerpo es agua. Dentro de miles de años será agua. Solo agua.

Los de emergencias consiguen que mi padre vuelva en sí. Bajamos con cuidado las escaleras del estadio olímpico. Estamos en una ambulancia. Creen que es mejor que pase la noche en observación, para asegurar. Mi padre pide agua constantemente, parece obsesionado. Me pregunta qué sé sobre Tales de Mileto. Le cuento que hace poco escuché un programa sobre él en la radio. No le digo que, al parecer, murió en un anfiteatro viendo las Olimpiadas.

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