La última estrella del rock

Salimos corriendo del restaurante Xentes. La calle del Humilladero está llena de charcos. Me fijo en el calzado de Elliott. Lleva botas sin cordones, Chelsea boots, como las que dan título a la que quizá sea su canción reciente más popular. Mi mente vuelve al directo de la Sala Galileo, al concierto del otro día. En apenas unos metros, los que nos separan del aparcamiento del Mercado de la Cebada, intento concentrar estos últimos días intensos, llenos de literatura, de música, de cine. Y como hiciera Hoover (el protagonista de Tramps, la última novela de Elliott Murphy que traduje al español publicada en el volumen The Last Rock Star por Varasek Ediciones) mientras aguardaba en un Ford Mercury robado a que llegasen unos portorriqueños, aprovecho para repasar los acontecimientos que me han traído aquí, para preguntarme qué pinto yo en La Latina con la última estrella del rock.

Puede que este relato comience en los últimos años de la primera década del siglo XXI, cuando mi padre vio por la tele a Elliott Murphy y Olivier Durand en un concierto de Radio 3 que emitieron por La 2… Pero no hay tiempo, estamos ya dentro del parking. Ayudo a Elliott a poner su guitarra Taylor negra en el asiento trasero de mi coche, al menos éste creo que no es robado. Tengo que centrarme en el volante y la conversación (quizá demasiado Albariño durante la comida).

Como ocurre en Tramps, aquí llega un punto en el que el tiempo de la acción supera el momento en que inicialmente se había fijado el presente después de un flashback (en el caso de este post no demasiado largo). Dejo a Elliott en su hotel, sano y salvo. Le he dicho hace un rato, durante la comida con todos los que hemos participado en la edición, tan cuidada, de The Last Rock Star, que me resulta tremendamente interesante el desdoblamiento, a través de las notas al pie, entre narrador y autor en Tramps. Pero es el momento de dejar a un lado la teoría literaria, de agarrar el presente. Sonrío cuando pienso lo que han supuesto para mí la complicidad de uno de los músicos que más admiro, el haber compartido estos últimos años sus textos y su música con familiares y buenos amigos, el que Santiago Alcanda y Antonio Gárate hablasen de mi traducción en sus programas.

Pero el tiempo de mi relato sigue avanzando. En realidad, llevo todo el rato escribiendo desde casa de mis padres, en Moguer. Recordé hace un rato la sugerencia de Enrique, de Varasek (merecen la pena las frases surrealistas; cultas y mundanas al mismo tiempo, que publica en Facebook), acerca de intentar reflejar en mi blog estos días de promoción del libro de Elliott. Aprovecho para agradecer a los editores (Beatriz, Antonio y Enrique) la comida junto a Elliott Murphy, Santiago Alcanda, Marcos Canteli (traductor de los versos de Murphy) y el diseñador Jaime Narváez. Me planteo, al igual que hace Hoover en la novela, mis raíces, mi coeficiente de autenticidad… Miro para abajo, mis botas tienen cordones. Al contrario de lo que dice Elliott en el estribillo de Chelsea Boots, a mí el camino a casa no se me hace demasiado largo.

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