De forma distinta al resto

Estoy en el Café Gijón. Javier del Prado es hoy el protagonista de la tertulia de Justo Sotelo. Si uno presta atención a las apariencias (la manera de estar, de vestir, de expresarse; el brillo más bien juvenil de los ojos, una sonrisa con un deje de ironía, la confianza que, supongo, adquiere uno cuando hace balance y ha ganado muchas de las batallas importantes), todo encaja en Javier: el haber sido un niño de pueblo (cuando Alcobendas era un pueblo, no un destino apetecible para edificios de grandes corporaciones), los años en Francia, los inicios como poeta, Bilbao, la Universidad, la conquista a base de sonetos de la mujer amada, buenas críticas. Javier considera que fue un niño algo especial, pone de ejemplo a su admirado Juan Rámon Jiménez, habla de cuando el Nobel moguereño recorría las aceras de mi pueblo aprehendiendo tiempo y espacio de forma distinta al resto. Me doy cuenta de que, si exceptuamos a Santiago (hoy no está Justo), soy el tertuliano más veterano, también el más joven.

Javier está leyendo un poema suyo, Anaconda. A él, este ambiente asfixiante le traslada a Madagascar (a un centro académico que tenía alguna clase de simpático saurio en el estanque como mascota) y le hace evocar a una compañera de trabajo con la que coincidiría años después. El fin de semana pasado me leí el cuento de Horacio Quiroga del mismo título. Es ahora, al menos en mi mente, durante unos instantes que se extienden años, la cripta del Gijón un universo tenebroso, el del escritor uruguayo. Un mundo en el que caben relatos como otro que leí de adolescente en el que una especie de vampiro de almohada iba, poco a poco, alimentándose de la sangre de su víctima hasta robarle la vida. Me acuerdo cuando de niño me aficioné a aquellos libros de anfibios y reptiles a todo color, me resultaban atractivas las láminas y los mapas. La separación que hace Quiroga entre serpientes venenosas, animales de muerte, y sus primas sin veneno, las culebras, es bastante similar a la que hice yo en mi mente de niño: el País Buenigno y el País Maligno, cada uno con su correspondiente equipo olímpico en la competición deportiva anual: el San Buenigno, que coincidía con la festividad de San Benigno, el 13 de febrero.

Me vienen a la cabeza unas notas que extraje de un libro de Teoría de la literatura que afirman que la creación estética no es más que la prolongación de los juegos de la infancia, otra manera de situar las cosas en un orden nuevo y que nos es algo más grato. Cuando me doy cuenta son las ocho, estamos cantando el cumpleaños feliz a Javier. Aunque nadie lo diría, Javier del Prado tiene ya ochenta años; está rodeado de personas que lo quieren y admiran. Cuando subo las escaleras del Gijón, en mi cabeza suena una canción de Neil Young: “la gente de mi edad no hace lo que yo suelo hacer…”.

Categorías: Etiquetas: , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s