Una excusa para contar historias

Unos días atrás un amigo anunciaba por un grupo de WhatsApp el fallecimiento de Michael Robinson. De inmediato, tras preguntar si por el cáncer o por el virus, decenas, o cientos, de retransmisiones de partidos de fútbol se resumieron en mi mente en una sola: el sonido era algo metálico, de altavoz de tele de bar a más volumen del recomendado, puede que fuese de la época en la que emitían dos partidos a la semana, uno de ellos en Canal+, y yo, centremos la escena a finales de los años noventa, ya me hubiese empezado a dar cuenta de que lamentaría el día en que el mejor partido de la jornada no estuviese asociado a la narración de Carlos Martínez y los comentarios de Michael Robinson.

Lo cierto es que recuerdo haber defendido a Robinson en numerosas ocasiones, siempre me pareció admirable (y no bromeo) su uso del español (sería mejor que la mayoría de nosotros no nos preguntemos cómo sonamos a ojos de un nativo cuando tratamos de hablar otra lengua), mucho más rico, en general, que el de la mayor parte de sus  acartonados compañeros de profesión: dominaba muchísimas frases hechas, sus comentarios eran espontáneos, siempre me resultaban originales, ingeniosos y pertinentes; era divertido cuando adaptaba al castellano refranes ingleses o contaba anécdotas de sus tiempos como delantero del Osasuna.

De la misma manera que merece la pena leer las crónicas de los partidos del Valladolid escritas por Miguel Delibes en El norte de Castilla, o, aunque los nuevos tiempos nos hayan hecho al menos plantearnos nuestras convicciones, sea innegable el valor periodístico y literario de muchos textos taurinos, cualquier aficionado, sin importar su grado de fanatismo y sin restar importancia a la emoción del directo, coincidirá conmigo en la facultad del deporte de generar recuerdos que permanecen, hasta el punto, según reconocía Robinson en una entrevista en La vanguardia, de poder considerarlo una excusa para contar historias, para decir a nuestros amigos dónde estábamos cuándo nuestro equipo ganó tal copa, o, incluso, para contar alguna pequeña gesta personal: cuando marcamos aquel gol, metimos esa canasta o embocamos el putt de tres metros para ganar un torneo aficionado de golf.

Entiendo que en esa entrevista de La vanguardia de 2011 Robinson no se refería sólo a rescatar anécdotas. La verdad es que no he visto demasiados programas de Informe Robinson, aunque tengo la sensación de conocer muy bien a Seve Ballesteros, a Perico Delgado o a Carolina Marín, como si hubiese leído una buena novela acerca de cada uno de ellos. En esta temporada en la que los aficionados nos cuestionábamos si el video-arbitraje eliminaba parte de la esencia del fútbol, durante los próximos meses vamos a tener, con suerte, partidos sin público en los que las órdenes de los entrenadores  captadas por los micrófonos de ambiente sustituirán a los cánticos y el colorido de las aficiones. Supongo que entonces me entrarán ganas de revisar las trece temporadas de Informe Robinson, puede que incluso tome notas de la estructura de los programas o de la personalidad de tal deportista, me vendrán bien para crear, o matizar, algún personaje. Después me apetecerá escribir un texto nuevo, no necesariamente relacionado con el deporte.

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