Madrid era una fiesta

Decía Fernando Savater que para los animales (en teoría no siempre para los mortales, aquéllos conscientes de lo único seguro en esta vida: su propia muerte) lo bueno (alejado de toda consideración ética: escojamos como muestra aleatoria las mantis religiosas, famosas por engullir sus parejas sin sentir demasiado remordimiento, al menos en un principio y que sepamos) es siempre aquello que les permite seguir siendo. Al extrapolar esto a los líderes globales de la actualidad (o probablemente a los grupos dominantes de cualquier época pretérita en la que nos sintamos cómodos o toque reivindicar), llego a una conclusión del todo descorazonadora: para los que nos gobiernan a nivel macro, lo deseable sería aquello alineado con su propia supervivencia (pudiendo ser quizá tan romántico el decir que buscan lo mejor para nosotros como asegurar que las abejas se desvelan por el bienestar de las flores que polinizan) de la que dependen sus ingresos y posición de poder, y las honrosas excepciones (supongo que a todos, no importa a quién votásemos últimamente, en el improbable caso de que nos acordemos, nos vienen ejemplos sin distinguir edad, ideología, apetencias sexuales, discapacidades de cualquier clase, enfermedades socialmente bien vistas o no, raza o cualquier otra etiqueta más o menos pertinente) serían tan improbables y hermosas, acudiendo a Kant, como que las piedras se elevasen del suelo desafiando la acción de la fuerza gravitatoria durante una noche estrellada.

Me acuerdo ahora de mis abuelos de Madrid. Abuelo Juan fue militar, murió cuando yo tenía 4 años víctima de un cáncer de pulmón (jamás olvidaré el olor a tabaco de aquel pijama o cuando me subió a la cama del hospital militar, ya al final, a ver un partido del Sevilla FC que emitían por Telemadrid) y mi abuela Marisol siempre contaba historias de un padre a quien adoraba (relacionado con los Sindicatos Verticales, o eso creo haber oído) y cuando éramos pequeños nos regalaba huchas de Manos Unidas. Pero menos aún me importaba a mí todo esto cuando mis padres nos traían aquí en Navidades y Madrid era una fiesta: Abuelo Juan nos llevaba al aeropuerto de Barajas (sabía que ver los aviones por el ventanal era algo importante para cualquier niño antes de que el mundo se volviese low cost y fuese cool utilizar términos anglosajones, aun habiendo equivalentes bastante top en nuestra denostada lengua) mientras mi abuela, años antes de leer a Punset, de enamorarse de Iker Casillas y de escaparse sola al Teatro Real a ver a Pitingo con noventa años, se limitaba a prepararnos sus famosos canelones (y de segundo pastel de carne, había entonces otros hábitos alimenticios) y a asegurarse un año más de que la Nochevieja en la calle del Pez siguiese teniendo sentido para todos.

Unos días atrás, esperando a mi madre en la estación de Atocha, unos policías nacionales, en un momento de relax, comentaban que ya vendrán a nosotros cuando les quiten las casas y me vienen a la cabeza ejemplos de xenofobia (no muy lejanos en espacio y tiempo) que preferiría no reproducir mientras me planteo si añadir cualquier adjetivo acabado en ista a teóricos absolutos (la Justicia, por ejemplo) tiene sentido desde algún punto de vista posible: a mi juicio, es tan acertado como afirmar que la obra de tal escritor Universal no habría podido trascender sin su adelantada y brillante esposa y otros ejemplos innegables, demagogos, dañinos, oportunistas y prescindibles como podría ser decir que esa autora hoy felizmente reconocida no habría ni nacido ni se habría convertido en la influencer más trendy del momento sin un padre de la casta, ¿acaso no está de moda arbitrar el pasado desde la sala VAR utilizando parámetros actuales según dicte lo que hay que pensar?

Pero para Churchill pasamos demasiado tiempo preocupándonos por cosas que ni siquiera han sucedido, y lo que sí que ocurrió fue que mi tío Miguel me recordó el abrazo sincero entre Abuelo Juan y un buen amigo comunista y que mi abuela, ya muy mayor, se cogió un taxi (definitivamente, era su estilo) para firmar el Manifiesto del 15M (por más que habitase en el Barrio de Salamanca, patria y matria de los cayetanos y otros entes afines) y uno de sus mayores orgullos fuese haber alcanzado la conclusión de que no tenía sentido defender la existencia de un Dios vengativo con afición a planificar los findes con tiempo. Aunque me da la sensación de que los Stakeholders (los que cortan el bacalao, vamos) le prestarían a todo esto la misma atención que dedico yo a la actualidad de cada mañana. Sinceramente, prefiero creer que vivimos en un mundo de matices, redenciones, errores, malentendidos, dualidades, paradojas, contradicciones y segundas oportunidades en el que no nos queda sino encomendarnos a cualquier entidad todopoderosa a la que podamos tener simpatía para que las aberraciones de los que toman las grandes decisiones (el famoso 1%, o eso se dice) no afecten demasiado a nuestros afectos, a nuestros valores, a nuestro bienestar, a nuestros sueños.

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