Cortos americanos

Los Cortos americanos son unas narraciones breves, algunas muy breves. Basta una escena para mostrarnos las vidas de unos personajes cuyo destino seguirá discurriendo en la imaginación del lector de forma ajena a su voluntad. Aunque suceden en lugares concretos de la geografía de Estados Unidos, en su conjunto nos llevan al paisaje indeterminado de la mítica americana, donde tantos individuos se pierden buscando un sueño que quizá no exista.

Necesito oírlo

Llevaba abrazada la copa que me habían dado por ganar el torneo de Delray Beach, Florida. Nunca antes había ganado nada. Suelta la copa un segundo, Clayton y coge el mapa. Ya te lo he dicho, papá. En la salida 435 nos tenemos que incorporar a la I-10 W en dirección Tallahassee. Todo está aquí apuntado. Quedaban más de 240 millas para Mobile. Aún no había cumplido los dieciocho y llevaba más de seis años en la carretera con mi padre. Ni siquiera me preocupaba si iba a llegar a ser tenista profesional. Decían que yo era el mejor junior del país, que mi único problema era la falta de ambición. Llevarían razón. Más que el tenis a mí lo que me gustaba era sentir cómo la brisa me alborotaba el pelo cuando quitábamos la capota del Packard. Ya habíamos dejado atrás DeFuniak Springs. Mi padre encendió un Winston. Coge uno. Nunca había fumado delante de él. Obedecí. Dime que no me odias, hijo. Necesito oírlo. Yo no entendía nada. Dímelo, Clayton. Sabes que te quiero, papá. Mi padre apagó el cigarrillo, puso la cinta de Johnny Cash y no volvimos a hablar hasta llegar a casa.

Fui jugador del circuito profesional. Nunca estuve cerca de volver a ganar. Ahora doy clases en el Oakwood Swim & Racquet Club. Mi hijo tiene siete años. Gana a niños cuatro o cinco años mayores que él. Lindsay dice que deberíamos intentarlo con Clayton Jr. Es entonces cuando vuelvo a sentir el metal frío de la copa. Me veo sosteniendo el Winston con dedos temblorosos mientras digo a mi padre que le quiero. Ya veremos, cielo. Es un poco pronto todavía. Bajo la escalera. Mi hijo juega en el salón con dinosaurios de trapo. Éste tan enorme se llama Axel, papá. Ya lo sé. Le pregunto si puedo sentarme con él en el suelo.

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