Dorothy y el descubrimiento de América

“… te escribo desde el cuarto de pintar de mi padre”. A partir de esta frase contenida en un email que le había mandado un día cualquiera del confinamiento, el legendario músico y escritor Elliott Murphy comenzó un relato de ficción ambientado en el estudio de mi padre y me pidió que continuase. Pensando que todo acababa ahí, intenté cerrar la historia lo mejor que pude, pero Elliott decidió expandirla y seguimos intercambiando fragmentos con la esperanza de que aquel texto llegase a ser una novela algún día. Tras meses de travesía, tenemos la sensación de que no nos queda demasiado para avistar tierra… Mientras tanto, queremos compartir con vosotros algunos pequeños extractos de cada capítulo.

Capítulo 1: Escribiendo en el cuarto de pintar de mi padre

… Dorothy no contestó, tan solo mantuvo el ceño fruncido. Miró a su derecha y se hizo sitio para sentarse sobre la gran mesa rectangular barriendo con la mano en el proceso varios tubos de pintura, trapos y demás parafernalia de pintor. Ambos nos quedamos mirando el desorden que acababa de crear. Entonces, con la soltura de alguien que disfruta estando desnuda (o al menos está acostumbrada a estar en tal estado frente a gente no-desnuda), posó despreocupadamente con las piernas más abiertas que recogidas, todo el tiempo jugueteando con su pezón perforado. El cuerpo esbelto se me antojaba perfecto, como un mundo desconocido que anduviese ansioso por visitar; estaba adornado con un elevado número de tatuajes, algunos de colores vívidos, que se desplegaban ante mí como una antigua carta de navegación; otros contenían fragmentos de frases de poetas olvidados y funestas señales de territorios prohibidos. Al menos ésa fue mi interpretación liberal, ya que la mayoría de las palabras que tenía tatuadas estaban escritas, creo, en caracteres arábigos que difícilmente podía entender. ¿Era su cuerpo en realidad perfecto o más bien cualquier belleza delgada de veintitantos años con sus largas piernas cruzadas de manera provocativa podría ajustarse a esa definición a ojos de un tío de cuarenta y cinco años, recién divorciado y frustrado sexualmente que no necesitaba demasiado para tener una erección?

Capítulo 2: Rey Fernando de Oxford

… el despacho del Doctor Ferdinand estaba recubierto de paneles de madera de caoba oscurecidos durante siglos por el humo de las pipas de los profesores, y sus paredes repletas de títulos enmarcados y reconocimientos de universidades de aquí y allá. No lo pude evitar, pero me fijé en que sus propias obras publicadas estaban presentes, muy bien ordenadas, en sus estanterías, con múltiples copias de cada una de ellas. Mi iluminada investigadora, Alice Gould, me había advertido de que pondría en peligro mi vida si mencionaba el nombre de Stephen Hawking en su presencia, ya que estaba consumido por la envidia; incluso circulaba el rumor de que había dicho, en voz alta para que todos lo oyesen, en el incendiario cóctel de una recepción universitaria, que Hawking no había recibido sino la compasión de la Royal Society cuando lo nombraron miembro, un honor que había esquivado al Doctor Ferdinand.

La habitación estaba tan oscura que, cuando entré, casi me era imposible verlo; el ambiente tan sombrío y silente que tenía la sensación de haber sido absorbido por alguna clase de agujero negro, materia en la que el Doctor Ferdinand era un consumado especialista, pero, una vez mis ojos fueron capaces de enfocar, me di cuenta de que me estaba dando la espalda y cuando giró su silla hacia mí (para dar más dramatismo a la cosa, estoy seguro) su cara blanca y viscosa iluminó la estancia…

Capítulo 3: Desembarco en Guanahani

… al principio estaba sorprendido, incluso herido por su falta de interés, siendo yo su único hijo, pero lo cierto es que ya tendría que estar acostumbrado a estas alturas, porque jamás se había interesado por mí desde que llegué a este mundo. Definir sus técnicas parentales como de no intervención sería otorgarle excesivo reconocimiento. Pero este sentimiento de ser ignorado por la persona a la que más me esforzaba por impresionar se desvaneció enseguida cuando me di cuenta de que él tendría que estar más herido que yo incluso, creo que compartía mi aflicción. Quizá mi retorno hubiese alimentado de nuevo sus receptores de dolor dormidos en lo relativo a la súbita marcha de mi madre tantos años atrás. Pero todo esto es una suposición, porque es verdaderamente difícil saber qué siente o piensa, o si realmente piensa o siente algo. Cuando trato de cruzar la línea que me separa de mi padre, es como si hubiese llegado a la frontera de un territorio, pongamos Berlín Oriental antes de la caída del Muro, en la que si trato de pasar ese Checkpoint Charlie emocional, sé que recibiré los disparos de los guardias. Y puede que incluso no haya nada que descubrir en caso de que fuese capaz de cruzarlo. Quizá mi existencia acapare muy poquito espacio en su cabeza, puede que sea eso lo que proteja su muro. El vacío…

Capítulo 4: Fidel Castro ríe el último

… Pero, hablando de la conveniencia de utilizar Internet en lo relativo al sexo, me apresuré a descargarme Tinder y otro par de aplicaciones para ligar al llegar a casa de mi padre, pensando que con suerte podría encontrar a mi esposa número dos en un radio de cien kilómetros (en realidad escogí un radio de setenta y siete kilómetros), pero, lamentablemente, no hay tantos peces que merezcan la pena al alcance de los que nadan por las aguas virtuales como estas aplicaciones tan seductoras le hacen a uno creer. Tan solo leyendo unas cuantas frases tipo en los perfiles de las candidatas, me fue sencillo deducir verdades descorazonadoras ocultas bajo estos reclamos publicitarios. Buscando ternura en un mundo cruel (en realidad, recientemente divorciada y llena de odio) o Una relación relajada sin pensar en el mañana (demasiado vieja, está claro) o, incluso, alguna más al grano como: ¿está el hombre de mis sueños leyendo esto? (¡Vamos, chica! ¿recurriría el hombre de tus sueños a una app para ligar?). En resumen, todas perdedoras como yo, tratando de encontrar amor y bienestar en el inframundo de la red global. Fíjate en la palabra red, como la de un cazador. Tras subir un inteligente aunque breve texto junto a una fotografía no del todo reciente, aceché a mi presa, con suerte el objeto de mi sentido texto acabaría rimando con la palabra sexo. Solo me sirvió para darme cuenta de que no difiero en nada de todas esas compañeras de cita en potencia que se darían cuenta de mi lastimosa situación actual al leer: buscando un merecido descanso tras una investigación importante junto una compañera atractiva y fascinante. La Historia no supone ningún inconveniente para este profesor. Retrospectivamente digo: ¡Maldita sea! ¿Por qué no me limité a ser realista?: Buscando a cualquiera que quiera follar ¬—sin preguntas. Sea como sea, nadie respondió.

Capítulo 5: Los últimos roqueros

… Esta mañana, al pasar en el coche de mi padre por el IES Juan Ramón Jiménez, el instituto en el que estudié durante varios años antes de dejar Moguer y el lugar en el que escuché por primera vez acerca de la Dualidad onda-partícula (la propiedad por la cual las partículas se comportan como ondas y las ondas como partículas), lo que para mí fue una especie de epifanía parecida a lo que ver por la tele a Elvis Presley significó para Elliott Murphy, Bruce Springsteen y la mayoría de los roqueros afines de la generación del baby boom, recordé una vez más cuando dije a mi profesora de Física y Química, allí sentado en un aula de ese mismo instituto, que yo estaba destinado a ser la segunda persona nacida en Moguer que ganaba el Premio Nobel; el propio Juan Ramón Jiménez había sido galardonado con el de Literatura en 1956. Como cabía esperar, se rio de mí. Al igual que la historia de Carlos en la playa con Picasso y su hijo, para mí aquél era un momento impagable que merecía ser contado una y otra vez hasta el aburrimiento de todos los que se encontrasen dentro del espectro de audición. ¿Acaso se cansa alguien de escuchar cómo a Isaac Newton le cayó una manzana en la cabeza? Sea como sea, estaba seguro de que, al igual que mi compatriota Juan Ramón, yo también iba a ser incomprendido por mis contemporáneos y, como le sucedió a él, el día de mi reconocimiento estaba por llegar. Que yo sepa: ¡me encuentro en la lista de los ganadores del Premio Wolf en Física y mi ex profesora no!

Capítulo 6: El amor en los tiempos del Corona

El sexo era el divertimento más frecuente en nuestra prisión existencial, pero en cuestión de semanas su efecto anestésico se evaporó por completo. Mi vida se había convertido en eso, en estar atrapado en esa buhardilla enana con una descreída de veintitantos años que parecía tener la habilidad de detener el cerebro en cuanto sus pensamientos se tornaban problemáticos de la misma manera en que era capaz de apagar el iPhone y tirarlo a la cama. Yo dedicaba menos tiempo al teléfono que ella, pero empecé a pasar más tiempo en mi ordenador intentando seguir con mi investigación lo mejor que podía. Pero las paredes se estrechaban más y más, y me estaba poniendo enfermo de comer comida a domicilio que me sabía igual sin que importase su origen étnico: india, china, japonesa e incluso hawaiana; todo esto mientras buscaba una justificación a mi creciente pánico existencial, un motivo con el que Einstein pudiese estar de acuerdo, pero ésta fue la cita más adecuada que pude encontrar:

Sin tal libertad no hubiera existido ningún Shakespeare, ningún Goethe, ningún Newton, ningún Faraday, ningún Pasteur, ningún Lister.

Capítulo 7: La caída de la casa de Moguer